lunes, diciembre 19, 2011

Intenta odiar



Debido a iluminadores textos y polémicas que han llegado a mí en los últimos días he llegado a la sorprendente conclusión de que ya no odio cosas. Es decir, creo que odio ciertas cosas, ciertas actitudes, quiero odiarlas de corazón e invertir mi tiempo y mi energía en ese odio ciego y voraz pero, por alguna extraña razón, no paso del anhelo. Dios sabe que quiero odiar. No le gusta mucho la idea pero él, que de saber algo es precisamente todo, está al tanto y me mira con piedad. Supongo. Por lo menos el dios que está en mi cabeza.
Por ejemplo me despierto a leer el periódico y digo: “Hoy es un buen día para odiar las actitudes de diva de los periodistas”; los comentarios en cuanta red social, almuerzo, novena, taxi y demás, parecieran ser el Milo que me ayudará a llegar a la meta que me he propuesto. Luego entro a otro periódico, leo algo que escribió otro pisco, veo una entrevista o me pinto las uñas y mi corazón vuelve a ser una sucursal de Felicidonia.
También hay gente que habla de oficios que no conoce, señalando con su morcilludo índice el desempeño de quienes se dedican a ellos y yo también quiero odiarlos porque está bien, digo, si miles de usuarios de Twitter y mi puñado de desconocidos que figuran como amigos en Facebook lo hacen. Todos tienen una opinión sobre los que tienen una opinión para todo, aunque ellos hagan lo mismo, y esa opinión es que deberían callarse. Hay odio. Quiero odiarlos. Luego sale la macropechuga de Aura Cristina Geithner en su dorado vestido de la colección “traquette “ 2012 y me hago una opinión y entonces mi odio, que iba por tan buen camino, me lo tengo que guardar en el bolsillo roto de mi chaqueta barata, pero bonita, comprada en el Éxito.
La ropa. Vamos a odiar la ropa. Vamos a odiar por la ropa. Vamos a odiar tanto a ordinarios como a remedos de hipster, a tropipoperos, góticos y en fin, a todos los que no compren en el almacén en el que quiero comprar pero no puedo comprar a no ser que deje de hacer mercado, cosa bastante conveniente dado que podría adelgazar y empezar a odiar a los gordos con el odio de una exgorda y, sólo el Todopoderoso sabe cuánto de largo y ancho tiene ese odio. Voy a odiar a aquellos que osan criticar desde su mal gusto el buen gusto de copiar lo que usen Zooey Deschanel, Bridget Jones, Julian Casablancas o Amelié. Luego entro, de pura curiosidad, a la tienda en la que venden una camiseta para hombre igualita a la que usan todos estos ídolos de la hipsteridad, es decir que parece de abuelo por vieja y gastada, y pregunto cuánto cuesta y bueno, no tengo un millón nuevemil pesos para invertir en ese odio. Además al lado encuentro mi lugar feliz, una sex-date shop discreta, con miles de cosas hermosas que tampoco puedo comprar pero que me parecen un gasto menos ridículo. Compro un manual para aprender a besar de los años 30 y ya luego me vengo a la casa y veo películas, así que toca dejar lo del odio para mañana.
Me levanto y veo el mismo póster que compramos hace 3 años en la Feria del Libro, sin enmarcar en un rincón del estudio. No tenemos comedor. No hemos puesto una puntilla para colgar ni un calendario de las chicas Águila. Hay que odiar esta casa que no se parece en nada a los hermosos espacios que aparecen en las revistas de decoración y los blogs sobre cómo hacer hermosas lámparas con objetos reciclados, decorar con creatividad, aprender a hacer dechados para poner, bueno no sé dónde carajos pueda ponerse un dechado ni para qué sirva, y en fin, no se parece a una imitación barata del hogar de alguna de nuestras parejas admiradas que viven su amor de technicolor en un apartamento de esa Nueva York idealizada que sólo existe, como lo dijo Virginia Mayer el otro día, para quienes viven en Manhattan. Hay que odiar esta casa. Las cortinas no combinan con nada, los muebles son heredados y cuando estoy acá y puedo de verdad jugar a la casita, cedo a la tentación de cocinar un plato no gourmet que paso con Coca-Cola regular y sentarme a ver, no sé, lo que sea que no sea el noticiero con las noticias que he estado viendo, acompañadas de análisis, comentarios y demás, todo el día en Twitter. Y me encanta que nadie me llama, que me puedo estirar en esta cama cuanto quiera, que vivo con dos tipos geniales y que acá, en esta pocilga falta de estilo, mando yo. Así que habrá que pensar en otra cosa que no sea esta casa.
A esta casa ha venido gente, así de desconsiderada he sido. Puedo odiar a algunos. Siempre he pensado que hablar mal de alguien que lo ha invitado a uno a su casa es despreciable, así que puedo irme por ese lado, el del desagradecimiento, Tantas personas a las que les he ayudado a conseguir, no sé, un trabajo, un paquete de chitos, un cigarrillo y que al parecer me desprecian o no les parezco tan chévere. Personas que tienen el derecho a no ayudarme si necesito algo porque, finalmente, he sido tan mala de no estar haciéndoles nada. Sus razones no pueden pelear con mi consciencia, sorprendentemente no tan sucia, porque ni siquiera las conozco. ¡Eureka! Parezco haber encontrado dos cosas que odiar: desagradecidos e hipócritas. Pero en la mayoría de los casos esto es sólo un pálpito y pasó hace tanto tiempo, tal vez porque cada vez que algo de eso pasa yo pongo milenios de distancia, que me cuesta enfocar mis energías perversas hacia estos sujetos; siempre he tenido problemas con lo que no es concreto.
Puedo renunciar. Renunciar está de moda. Más si es dramático y es culpa de odiar a la ciudad, al trabajo, a los taxistas, al Papa, a Hitler, a Uribe, a las FARC, al culo de Jessica Cediel, a Pirry, a quien sea… nunca a uno mismo. Nunca renunciar por cansancio sino por decepción. Porque ese mundo, que odiamos y maldecimos, nos debe algo a nosotros, tan especiales, que merecemos tanto. ¿Pero yo a qué renuncio? ¿A un trabajo en el que, aún cuando muchas autoridades espirituales e intelectuales de mi generación consideren que lo hacen mejor que yo, me va muy bien y aunque quisiera a veces salir corriendo o ganarme el baloto soy querida y respetada (o por lo menos pareciera serlo)? ¿A una familia imperfecta, desordenada, pequeña y divertida? ¿A los pocos viejos amigos, que están lejos en su mayoría y aún así intentan apoyarme o echarme la madre cuando lo necesito? ¿A nuevos amigos a los que al parecer no les parezco una persona tan horrenda?
Puedo odiar eso, la persona horrenda que soy.
Parece que lo encontramos. Voy a odiarme por fea, por gorda, por bruta, por tonta, por superficial, por intelectualoide, por agria, por –me da risa cada vez que recuerdo quiénes y por qué me lo han dicho- “mentirosa”, por mediocre (¡sí!), por culipronta, por patialegre, por imprudente, por haberme vuelto miedosa y no gustar ya de sentarme a tomar en un parque, por arribista, por querer (bueno o por fingir que no quiero) reconocimiento, porque no pasé de 1.65 mts, porque nunca sé qué decir en los funerales y con el paso de los años se me ha vuelto cada vez más difícil hablar con gente con la que no quiero hablar o abrazar a gente a la que no quiero abrazar o sonreír y fingir que nada ha pasado y que estamos todos bien.
He estado intentándolo. Pero me cuesta. Quiero convencerme de que soy esa persona horrible que soy pero por esa extraña tendencia mía al autoengaño cada vez me molesto menos y menos e intento que todas esas cosas horribles se minimicen para así no tener que cansarme pensado en ese odio que ya simplemente no me sale natural. Así que no, no puedo odiarme ni renunciarme. Háganlo ustedes por mí, si quieren, tal vez les haga bien.

(Imagen tomada de http://gapingvoid.com/ )

5 comentarios:

Leo Le Gris dijo...

paso en silencio a leer y releer tus letras y esta oda al odio ( o a tus odios) puede ser también la mía (¿sabiendo que lo que uno odia de los demás es quizás porque lo ve en uno mismo?), mi oda a la decepción no estará así de bien escrita, porque destrozo las frases largas defragmentándolas en verso y porque después de una cuartilla desisto

siempre gustoso de leerte, y así suene a cliché feliz navidad para ti y tu familia!

Jorge dijo...

Disfrutar del odio cuando es lo que sale delas entrañas es algo al alcance de personas extraordinarias. Es una mierda que así sea porque debería ser algo normal y ordinario porque cuando las emociones fluyen, cuando se vomitan hasta la última gota, llega el vacío y, por tanto, la siguiente emoción. Felicidad quizás? Pues vale

pxndxkiyero dijo...

nunca odie menos una opinion y un punto de vista! ...
no entre con ninguna intencion de encontrar palabras como estas, pero me senti en gran parte identificado con muchas de tus frases.

DINOBAT dijo...

El odio alimenta...

Collective Soul dijo...

Yo creo que hay personas, situaciones, modas, estereotipos que merece ser odiados con ganas, por ejemplo yo odio que la gente sea tan imbécil, pero entonces ¿también debo odiarme porque a veces yo resulto ser un total imbécil? Saludos Ángela.

Juanma es Collective Soul

Believin' all the`lies that they’re telling ya'
Buying all the products that they’re selling ya’
The say jump and you say how high?
Your brain’s death
You gotta fucking bullet in your head.
- Bullet in the Head -