sábado, agosto 06, 2011

Lazos


Acabo de leer una novelita juvenil en la que dicen que la vida no es sino los lazos que hacemos con la gente. Me pregunto si los lazos aún existen y si de verdad quiero que lo hagan. Me pregunto cuánto de atadura tienen las imágenes dipsómanas del pasado y cuánto puede servirme cargar la piedra de la vergüenza o la de la victoria. Y si es verdad que soy el elegido de los magios o si soy comunista, homosexual, comunista, pero nunca una estrella del porno. Me pregunto si queda algo que decir que no sea el chiste gastado de la familia amarilla que ha construído lo que sea que se entienda como pensamiento filosófico o sentido del humor para estos ridículos niños de veintitreinta que nacieron en años cercanos al de mi primer respiro. Entonces la vida, digo intentando esbozar una respuesta, es ese montón de cuerdas rotas que cargo en un costal mientras camino fumando al lado de un caño con los dientes amarillos y la mitad de lo que fuera alguna vez mi cuerpo. Los dientes amarillos que constituyen el sepia de la sonrisa de una estrella de rock, un premio Nobel, una directora de orquesta, una loqueseaqueseaquenoseaesto que alguna vez quise ser y ya no es más que esa fotografía vieja que nunca me tomé y que reposa en la misma cajita de cartón azul en la que están todos los nombres del catálogo de recriminaciones y besos que cargo a cuestas. Lazos. A quién en sus cinco sentidos le vale un carajo tener un montón de cablecitos que lo mantengan en la tierra. A quién le importa qué es la vida cuando ya ni se deja vivir de tanto pensar en las deudas. Y el carro que no tenemos. O el que tenemos e importa una maldita mierda. Una novelita juvenil que lo pone a uno a pensar que la escaleras de Escher son el cúlmen de lo que alguna vez pudieramos llamar realismo. Caminar sin detenerse es aceptar con estoicismo que se llegará al inicio nuevamente con todo perdido y en la misma soledad del primer llanto y con el mismo dolor de abrir los ojos heridos de luz. Cerrarlos al final es esa misma luz con sus miles de agujas. No son paredes, son escaleras. Siempre la misma distancia entre los peldaños. Para eso nadie necesita lazos. Una cajita de cartón azul que es el mundo y por eso mismo no es nada más que una intención, una promesa ridícula, como la de abandonar cualquier vicio. Podemos renunciar. Darnos treguas, más exactamente. Pero ahí adentro sigue la necesidad, el ansia, el nopuedosoportarlosin. Los lazos sólo existen para que los carguemos hechos trizas hasta el final del camino y los arrojemos a las aguas negras de lo que pudo haber sido. Tanto los amamos y añoramos sólo porque sabemos que al otro lado del cable perfecto siempre se encuentra la persona incorrecta. Todo lo bello habita en los cortes.

2 comentarios:

Efren (a.k.a. Ludovico) dijo...

hay que saber, en la escritura, como en la vida, poder poner los puntos aparte, y los cambios de párrafo.

Eso creo que es lo más importante

Anónimo dijo...

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