martes, febrero 28, 2012

Seis años


No haremos una revisión detallada de los momentos que han transcurrido hasta la llegada de este día. Tampoco revisaremos las palabras abandonadas en este lugar a su suerte, muertas de vergüenza ellas, a la espera de una lectura que no llega. Ni justificaremos la existencia de este cajón mohoso en el cual archivar desvaríos e imprudencias, espejos rotos y fotografías amarillentas de paupérrimas glorias que no se añejan sino se pudren.

No los haremos. Porque no somos nosotros. Nunca somos nosotros.

Excavar en las causas y las justificaciones sólo me llevará a un rincón oscuro donde como una de las abandonadas me regodeaba en llorar y sacarle rédito a dolores insignificantes. Es darle demasiada importancia a algo que simplemente pasó, como todo pasa.

Seis años, con sus días y sus noches, son sólo eso, seis años. Y a nadie le importan los rutinarios días ni las espeluznantes noches.

He hablado de todo y por supuesto nunca he dicho nada, he sido un zumbido y una terquedad, una obstinación y un tiempo sobrante. No puedo decir que me gusta pero puedo decir que todo resulta estar menos jodido que entonces.

Las cosas caen a la velocidad que deben caer y se marchitan y se gastan y son olvidadas y qué le vamos a hacer.

Lo valioso es que venir acá y escribir acá no es una obligación, ni un compromiso ni una necesidad. Sucede. Como sucede que me de gripa o me coma una montaña de galletas.

Este lugar no me necesita ni yo a él.

Y en estos seis años de no tener nada qué decir, de ver mis dedos cada vez más lentos y mi pensamiento cada vez más renco he aprendido algo: nada de lo dicho acá soy yo.

No hay que entenderlo. Este blog cumple hoy seis años y si algo ha de celebrarse al respecto es que puede encontrarse en él de todo, menos algo que pueda llamarse verdad.

Gracias por venir, por irse, por no querer quedarse.

martes, febrero 07, 2012

Mapas

Sé que tengo algo importante que decir en algún momento y sé que mientras no lo haga todas las noches van a seguir siendo la misma rueda de feria con las luces moribundas de una ciudad que sólo existe en los sueños de otra noche, que sucedió hace mil ojos cerrados.
Sé que se me pudren estas ganas muy adentro del centro mismo y que no hay nada que pueda hacer para evitar que la verdosa viscosidad de las cosas, que se diluyen por la ausencia, se me salga por las orejas y los ojos.
También sé, no de cierto pero lo intuyo, que la piel que se rasga bajo las uñas de mi doble nocturno es más real, aunque no pueda recordar a qué nombre responde. Piel blanca, verde y traslúcida, fría y delgada, como el papel de los mapas antiguos. Tengo miedo de romperla con sólo pasar mis ojos sobre ella pero no puedo evitar que mis dedos se le claven como quitando la piel de un fruto maduro.
Recuerdo los caminos que mis pies hollaron y cómo esa suerte de pergamino se desgarraba con mis tacones de agujas invisibles. Y todas las cosas que no pasan en esta estancia. Sé dónde está cada uno de los tesoros pero desconozco las palabras que abren cada cofre.
Sé que hay que detener este fluir de lodo y este hervir de amapolas y estas ramas que se van cayendo y yo con ellas, en ellas. Pero sé, y allí vive mi esperanza, que en ese caer y desprenderme de los mapas y besar los jirones del recuerdo hasta el cansancio, hasta que llegue al suelo, de las letras que escribí en la espalda de un fantasma, está la libertad que no puedo sacarme de debajo de la lengua.
Sé que no habrá una visión más hermosa que la de ver todas las sombras de mi deseo alejarse en ese barco hacia la vigilia. Sé que en el cielo de la boca se me quedará pegado su rastro.

lunes, diciembre 19, 2011

Intenta odiar



Debido a iluminadores textos y polémicas que han llegado a mí en los últimos días he llegado a la sorprendente conclusión de que ya no odio cosas. Es decir, creo que odio ciertas cosas, ciertas actitudes, quiero odiarlas de corazón e invertir mi tiempo y mi energía en ese odio ciego y voraz pero, por alguna extraña razón, no paso del anhelo. Dios sabe que quiero odiar. No le gusta mucho la idea pero él, que de saber algo es precisamente todo, está al tanto y me mira con piedad. Supongo. Por lo menos el dios que está en mi cabeza.
Por ejemplo me despierto a leer el periódico y digo: “Hoy es un buen día para odiar las actitudes de diva de los periodistas”; los comentarios en cuanta red social, almuerzo, novena, taxi y demás, parecieran ser el Milo que me ayudará a llegar a la meta que me he propuesto. Luego entro a otro periódico, leo algo que escribió otro pisco, veo una entrevista o me pinto las uñas y mi corazón vuelve a ser una sucursal de Felicidonia.
También hay gente que habla de oficios que no conoce, señalando con su morcilludo índice el desempeño de quienes se dedican a ellos y yo también quiero odiarlos porque está bien, digo, si miles de usuarios de Twitter y mi puñado de desconocidos que figuran como amigos en Facebook lo hacen. Todos tienen una opinión sobre los que tienen una opinión para todo, aunque ellos hagan lo mismo, y esa opinión es que deberían callarse. Hay odio. Quiero odiarlos. Luego sale la macropechuga de Aura Cristina Geithner en su dorado vestido de la colección “traquette “ 2012 y me hago una opinión y entonces mi odio, que iba por tan buen camino, me lo tengo que guardar en el bolsillo roto de mi chaqueta barata, pero bonita, comprada en el Éxito.
La ropa. Vamos a odiar la ropa. Vamos a odiar por la ropa. Vamos a odiar tanto a ordinarios como a remedos de hipster, a tropipoperos, góticos y en fin, a todos los que no compren en el almacén en el que quiero comprar pero no puedo comprar a no ser que deje de hacer mercado, cosa bastante conveniente dado que podría adelgazar y empezar a odiar a los gordos con el odio de una exgorda y, sólo el Todopoderoso sabe cuánto de largo y ancho tiene ese odio. Voy a odiar a aquellos que osan criticar desde su mal gusto el buen gusto de copiar lo que usen Zooey Deschanel, Bridget Jones, Julian Casablancas o Amelié. Luego entro, de pura curiosidad, a la tienda en la que venden una camiseta para hombre igualita a la que usan todos estos ídolos de la hipsteridad, es decir que parece de abuelo por vieja y gastada, y pregunto cuánto cuesta y bueno, no tengo un millón nuevemil pesos para invertir en ese odio. Además al lado encuentro mi lugar feliz, una sex-date shop discreta, con miles de cosas hermosas que tampoco puedo comprar pero que me parecen un gasto menos ridículo. Compro un manual para aprender a besar de los años 30 y ya luego me vengo a la casa y veo películas, así que toca dejar lo del odio para mañana.
Me levanto y veo el mismo póster que compramos hace 3 años en la Feria del Libro, sin enmarcar en un rincón del estudio. No tenemos comedor. No hemos puesto una puntilla para colgar ni un calendario de las chicas Águila. Hay que odiar esta casa que no se parece en nada a los hermosos espacios que aparecen en las revistas de decoración y los blogs sobre cómo hacer hermosas lámparas con objetos reciclados, decorar con creatividad, aprender a hacer dechados para poner, bueno no sé dónde carajos pueda ponerse un dechado ni para qué sirva, y en fin, no se parece a una imitación barata del hogar de alguna de nuestras parejas admiradas que viven su amor de technicolor en un apartamento de esa Nueva York idealizada que sólo existe, como lo dijo Virginia Mayer el otro día, para quienes viven en Manhattan. Hay que odiar esta casa. Las cortinas no combinan con nada, los muebles son heredados y cuando estoy acá y puedo de verdad jugar a la casita, cedo a la tentación de cocinar un plato no gourmet que paso con Coca-Cola regular y sentarme a ver, no sé, lo que sea que no sea el noticiero con las noticias que he estado viendo, acompañadas de análisis, comentarios y demás, todo el día en Twitter. Y me encanta que nadie me llama, que me puedo estirar en esta cama cuanto quiera, que vivo con dos tipos geniales y que acá, en esta pocilga falta de estilo, mando yo. Así que habrá que pensar en otra cosa que no sea esta casa.
A esta casa ha venido gente, así de desconsiderada he sido. Puedo odiar a algunos. Siempre he pensado que hablar mal de alguien que lo ha invitado a uno a su casa es despreciable, así que puedo irme por ese lado, el del desagradecimiento, Tantas personas a las que les he ayudado a conseguir, no sé, un trabajo, un paquete de chitos, un cigarrillo y que al parecer me desprecian o no les parezco tan chévere. Personas que tienen el derecho a no ayudarme si necesito algo porque, finalmente, he sido tan mala de no estar haciéndoles nada. Sus razones no pueden pelear con mi consciencia, sorprendentemente no tan sucia, porque ni siquiera las conozco. ¡Eureka! Parezco haber encontrado dos cosas que odiar: desagradecidos e hipócritas. Pero en la mayoría de los casos esto es sólo un pálpito y pasó hace tanto tiempo, tal vez porque cada vez que algo de eso pasa yo pongo milenios de distancia, que me cuesta enfocar mis energías perversas hacia estos sujetos; siempre he tenido problemas con lo que no es concreto.
Puedo renunciar. Renunciar está de moda. Más si es dramático y es culpa de odiar a la ciudad, al trabajo, a los taxistas, al Papa, a Hitler, a Uribe, a las FARC, al culo de Jessica Cediel, a Pirry, a quien sea… nunca a uno mismo. Nunca renunciar por cansancio sino por decepción. Porque ese mundo, que odiamos y maldecimos, nos debe algo a nosotros, tan especiales, que merecemos tanto. ¿Pero yo a qué renuncio? ¿A un trabajo en el que, aún cuando muchas autoridades espirituales e intelectuales de mi generación consideren que lo hacen mejor que yo, me va muy bien y aunque quisiera a veces salir corriendo o ganarme el baloto soy querida y respetada (o por lo menos pareciera serlo)? ¿A una familia imperfecta, desordenada, pequeña y divertida? ¿A los pocos viejos amigos, que están lejos en su mayoría y aún así intentan apoyarme o echarme la madre cuando lo necesito? ¿A nuevos amigos a los que al parecer no les parezco una persona tan horrenda?
Puedo odiar eso, la persona horrenda que soy.
Parece que lo encontramos. Voy a odiarme por fea, por gorda, por bruta, por tonta, por superficial, por intelectualoide, por agria, por –me da risa cada vez que recuerdo quiénes y por qué me lo han dicho- “mentirosa”, por mediocre (¡sí!), por culipronta, por patialegre, por imprudente, por haberme vuelto miedosa y no gustar ya de sentarme a tomar en un parque, por arribista, por querer (bueno o por fingir que no quiero) reconocimiento, porque no pasé de 1.65 mts, porque nunca sé qué decir en los funerales y con el paso de los años se me ha vuelto cada vez más difícil hablar con gente con la que no quiero hablar o abrazar a gente a la que no quiero abrazar o sonreír y fingir que nada ha pasado y que estamos todos bien.
He estado intentándolo. Pero me cuesta. Quiero convencerme de que soy esa persona horrible que soy pero por esa extraña tendencia mía al autoengaño cada vez me molesto menos y menos e intento que todas esas cosas horribles se minimicen para así no tener que cansarme pensado en ese odio que ya simplemente no me sale natural. Así que no, no puedo odiarme ni renunciarme. Háganlo ustedes por mí, si quieren, tal vez les haga bien.

(Imagen tomada de http://gapingvoid.com/ )

lunes, diciembre 05, 2011

¿Por qué NO hacer un doctorado? (Sonamos tan convincentes)

  • Que preferimos endeudarnos para viajar que para escribir sobre Fucól & Co.
  • O endeudarnos para comprar una casa porque debajo del diploma no cabemos los tres.
  • Que si morimos mientras lo hacemos moriremos como nerdos y queremos tener estilo por lo menos a última hora.
  • Que no hay doctorado al que no mate una palanca y si no tenemos lo segundo lo primero se ve pálido.
  • Que hacer un doctorado no lo hace a uno meter más goles.
  • Que nos sentimos muy perdedores por llevar 26 años seguidos estudiando y queremos saber qué es la juventú.
  • Que 3 a 6 años de aislamiento social pueden despertar a ese pequeño Campo Elías que duerme en nosotros.
  • Que nos podrían confundir con esa gentecita que se llama a sí misma “académica”. Guácala.
  • Que amamos nuestra columna vertebral y no hay quien no salga jibado de un doctorado.
  • Porque somos colombianos, y no necesitamos ningún cartón para que el portero del edificio nos diga “doctor” y “doctora”.
  • Porque no hay doctorado que te haga más guapo o mejor bailarín de salsa.
  • Porque somos lo suficientemente guapos como para no creer en la belleza interior.

sábado, octubre 15, 2011

Retrato del docente adolescente vol.4

Había una vez una niña que quería ser astronauta. Había una vez una mujer que encontraba ridícula la popularidad de las estrellas. La niña sopló tan fuerte que derribó todo el programa espacial. La mujer lloró al verlo.
Luego se encuentran y se preguntan, ¿a qué huelen las naves espaciales? ¿Qué hacer cuando las tijeras flotan rumbo a los ojos del astronauta del camarote de al lado porque olvidamos guardarlas en la gaveta?
Entre las dos, Australia, que se ve desde el espacio como si fuera Marte. Y los años. Los que llevaron a la primera a hacer su caminata espacial en frente de un tablero. En el cuerpo de la segunda. De la caminata espacial a los ojos como platos. A tener en la mano un pollito de veinte cabezas, temblando, recién salido del huevo.
Cuando tenía tres años y me regalaron un pollito, me lo metí en el bolsillo y me dormí. Luego desperté bañada en sangre.
Así qué, ¿que puede realmente enseñarse justo ahora que la escenografía del alunizaje se cayó?
No hay otra forma de viajar que no sea en el tiempo. No existe tal cosa llamada distancia. No ahora.
Es difícil decirle a alguien que yo sé. ¿Qué? ¿Soy dueña de algo? Saber que existió algo como una máquina de escribir no me hace más sabia, sino más vieja. Porque a veces enseñar es abordar el Challenger y de los mil millones de modos de joderse tal vez ésa y por eso es la más maravillosa. La única que me calza, finalmente.
¿Cómo se puede traducir el calor? ¿Cómo se puede hacer presente para ese otro el hilillo de lava que recorre el lugar entre la piel y la carne? Las temperaturas de la ausencia, la eternidad de los minutos de diferencia. Una estrella en el lugar de las preguntas. Una cruz invertida y todos los demás clichés de la sombra, guardados en ese pozo dulce que se forma justo atrás de la clavícula. La lengua escarba en ese pozo y los lleva, uno por uno, pieza por pieza, en la punta, hasta la punta de los dedos. Todo son garras. Todo son dientes. Todo es caricia. Y no me pregunten por los malparidos espacios. Que si un párrafo se junta con el otro es porque mi cuerpo es un río y no sabe una mierda de puntos aparte. Solo de dar asfixia boca a boca.

miércoles, septiembre 07, 2011

Persistencia

Déjalo todo. Que nada entre. Que nada salga. No hay lugar ya para nosotros. No hay nosotros. Ni ayer. Ni nunca ha habido ahora. Todo en este loqueseaquenohay ha sido condena. No quiero sentir nostalgia del mañana. Pero todo en mí “fue naufragio”. Las escaleras y descansos que sin duda hubo. Las anclas de papel que fueron tu recuerdo penetrado por las aguas más duras. Me repito en las mismas estúpidas palabras, una y otra vez, espejo. Nada hay de transparente en las aguas que son cielo. Ni azul ni verde es la cabeza de la paloma. Un poco más de nada para hoy, si es posible, gracias. A propósito de cosas, ya no hay pan en esta mesa. Me río porque no lo entiendo. Y necesito entender aunque sea uno de los miles de ruidos que salen de mi boca. Me río porque todo es cada vez más distancia y persistencia. Toda la que me ha sido negada.

Donde esté. Donde quiera que me encuentre ahora. Quiero decirme que tengo las manos rotas. Cada aguja que piso en el césped susurra de mis labios una cálida promesa. Sólo si dejo de usar la calidez como pretexto. Si dejo de sentirme de esta ropa y a esta tinta. Tengo que cerrarme con dos guardas, Que nada entre. Que nada salga.

No quiero más oír de estas gentes que me hablan desde los huesos. No me nombres de nuevo con las seis letras que temo porque no hay mensaje y si lo había lo he de haber olvidado al mismo instante. Me lo dieron en el mismo cofrecito rojo en que venía la belleza. Lo guardé en un huequito y me comí la llave. Ya no sé cómo gritarle. Que me alcance el periódico y me prenda el tabaco. Que me coma el miembro y me lo arranque. Que me sangre de semen y de sombra. Que me quite la marca de los senos. Que me ponga tetas y me llame amor. Que me pida obediencia y se deje dar con rabia. Que no deje que entre. Que no deje que salga.

Quiero ser el sol que pare la tierra y me cabe en la mano. Quiero estar preñada de angustias tanto como quiero no perder más esta esperanza estéril. Persistir en lo que haces y no hago. Persisitir en que persistas por mí. La bicicleta perdió su última rueda y ya no piensa en regresar.

Cómete la polenta que mi cráneo guarda. No temas si un gusano terminas devorando. Deja que viscosa, se te deslice por dentro mi única verdad: el ala del cuervo, el tacón de aguja, la erección permanente, las garras púrpura, los senos afilados, la boca que espera, las uñas tersas, las cejas mutiladas y mil cremalleras que me marcan el vientre.

Baja una.

Déjalo todo.

Que nada entre.

Que nada salga.

viernes, agosto 26, 2011

Para eso. vol. 29

Para no comer la desabrida papilla de la apariencia. Para seguir dejando ir las MEJORESOPORTUNIDADESQUETEPUEDASIMAGINAR. Para estar cada vez más lejos. Para tener más canciones. Para cambiar el color de mis zapatos. Para seguir cayendo irremediablemente. Para sentir más dolores, más intensos. Para perderme para siempre en ciudades imaginarias. Para tener un sombrero tan grande que haga aparecer montañas. Para que las montañas nunca tengan la más mínima intención de acercarse por acá. Para ordenar la casa por orden olfativo. Para ser eterna huésped. No tener color de piel. No tener rostro. No tener que morirme. No tener que moverme.

También, por supuesto, para quedarme calladita, sentadita en un rincón. Que mis labios sean un cerrojo. Que mi mala cara y mis complejos hablen, no se ha visto mayor elocuencia. Pero también mi risa. Los besos que me mando en el espejo y todos los dedales que esa otra carga en los bolsillos. Polvos mágicos, si sabes a lo que me refiero. Para poder guardar ese secreto y ser feliz cada vez que pienso en ello. Como una niña chiquita. Ser feliz con mi caja de colores.

Hacer todo lo posible para no ser inolvidable. Para no tener que esquivar palabras dulces. Para ver todo siempre por primera vez. Que nada se quede adentro de esta masa craneal. Que todo salga. Que nada se fije. Que todo pierda el nombre.

Para botar el camino a la mierda. Para usar las botas de siete leguas. Para no detenerse. Para no estar.

Para eso. Que la vida me alcance para eso. Para no hacer nada.

Para evitar esa condena de ser alguien

sábado, agosto 06, 2011

Lazos


Acabo de leer una novelita juvenil en la que dicen que la vida no es sino los lazos que hacemos con la gente. Me pregunto si los lazos aún existen y si de verdad quiero que lo hagan. Me pregunto cuánto de atadura tienen las imágenes dipsómanas del pasado y cuánto puede servirme cargar la piedra de la vergüenza o la de la victoria. Y si es verdad que soy el elegido de los magios o si soy comunista, homosexual, comunista, pero nunca una estrella del porno. Me pregunto si queda algo que decir que no sea el chiste gastado de la familia amarilla que ha construído lo que sea que se entienda como pensamiento filosófico o sentido del humor para estos ridículos niños de veintitreinta que nacieron en años cercanos al de mi primer respiro. Entonces la vida, digo intentando esbozar una respuesta, es ese montón de cuerdas rotas que cargo en un costal mientras camino fumando al lado de un caño con los dientes amarillos y la mitad de lo que fuera alguna vez mi cuerpo. Los dientes amarillos que constituyen el sepia de la sonrisa de una estrella de rock, un premio Nobel, una directora de orquesta, una loqueseaqueseaquenoseaesto que alguna vez quise ser y ya no es más que esa fotografía vieja que nunca me tomé y que reposa en la misma cajita de cartón azul en la que están todos los nombres del catálogo de recriminaciones y besos que cargo a cuestas. Lazos. A quién en sus cinco sentidos le vale un carajo tener un montón de cablecitos que lo mantengan en la tierra. A quién le importa qué es la vida cuando ya ni se deja vivir de tanto pensar en las deudas. Y el carro que no tenemos. O el que tenemos e importa una maldita mierda. Una novelita juvenil que lo pone a uno a pensar que la escaleras de Escher son el cúlmen de lo que alguna vez pudieramos llamar realismo. Caminar sin detenerse es aceptar con estoicismo que se llegará al inicio nuevamente con todo perdido y en la misma soledad del primer llanto y con el mismo dolor de abrir los ojos heridos de luz. Cerrarlos al final es esa misma luz con sus miles de agujas. No son paredes, son escaleras. Siempre la misma distancia entre los peldaños. Para eso nadie necesita lazos. Una cajita de cartón azul que es el mundo y por eso mismo no es nada más que una intención, una promesa ridícula, como la de abandonar cualquier vicio. Podemos renunciar. Darnos treguas, más exactamente. Pero ahí adentro sigue la necesidad, el ansia, el nopuedosoportarlosin. Los lazos sólo existen para que los carguemos hechos trizas hasta el final del camino y los arrojemos a las aguas negras de lo que pudo haber sido. Tanto los amamos y añoramos sólo porque sabemos que al otro lado del cable perfecto siempre se encuentra la persona incorrecta. Todo lo bello habita en los cortes.

jueves, junio 02, 2011

Ser un cordero arrepentido

No se imagina usted cuánto, de qué múltiples maneras me molesta el discurso de los conversos. La lógica del “Cordero arrepentido”. Todos tenemos derecho a cambiar, de hecho, rehusar hacerlo es sólo una muestra de estupidez. Todos podemos y deberíamos tomar decisiones sobre el cuidado de nosotros mismos que nos acerquen más a un estado de “bienestar”. Que nos acerquen, aclaro, porque el “bienestar”, definido como esa satisfacción y funcionalidad completa en términos de salud física y mental, es poco menos que imposible.

Es de gente cuerda rectificar los errores, enderezar el camino, aprender de los errores y abandonar los vicios. Lo que es de cretinos es difundir el odio hacia quienes aún cometen esos “errores” de los que nosotros hoy renegamos. Me explico. Cuando era pequeña, comía tierra del jardín de la casa de mi nona; crecí y pasé a consumir cosas más nutritivas, a preferir la papita, el arroz y la carne, a renunciar al diente color carbón. No por esto, ando por el mundo predicando a cuanto pequeñuelo se me cruza sobre lo asqueroso, poco saludable y moralmente incorrecto de comer tierra. No ando por el mundo diciéndole al niño comedor de tierra que su vicio lo perjudica a él y a mí al tener que soportar el espectáculo de su “miseria alimenticia”.

Claro, es diferente comer tierra a fumar. Los que fumamos somos adultos que elegimos libremente complicarnos la vida y la salud, limitar nuestros espacios de socialización, oler feo, tener los dientes amarillos y reducir nuestra expectativa de vida. Y no nos engañemos. No creo que ningún fumador niegue que el cigarrillo es nocivo para la salud.

Como fumadora, estoy totalmente de acuerdo en limitar los espacios para fumar. Yo no creo que el no fumador tenga por qué soportar a una chimenea al lado. Estoy convencida de que quien enciende un cigarrillo debe tener la mínima decencia de procurar no molestar a nadie. Lo que no me aguanto, es la “estigmatización” del fumador como un ciudadano de segunda clase, un irresponsable, una persona mala por naturaleza. Lo que me molesta es encontrarme con los 20.537 ex fumadores que ahora tienen asco de los fumadores y pretenden ser redentores y salvadores de estos malditos viciosos a partir de un discurso de odio.

No voy a defender fumar. Es malo, sí, como malas son las miles de vicios de los que la gente está presa. Como malo es pegarle a la mujer. Como malo es decirle “estúpido” a un niño. O ser uribista. O inyectarse heroína. O tirar a diestra y siniestra sin condón.

A lo que me refiero, precisamente, es a que abandonar un vicio, convertirse a una religión, dejar la bebida, no nos ponen en una suerte de zancos morales desde los cuales podamos escupir a los demás. Claro, ser un ejemplo, inspirar a otros para que sean mejores, es una cosa grandiosa, pero no es posible si pretende ser lograda a partir de un lenguaje destructivo, discriminante.

Alguien muy cercano a mi corazón solía escuchar Black Sabbath y ahora, que se convirtió a una nueva religión, ora por mí y por mi hermano para que dejemos de escuchar esa música del demonio que sólo “trae destrucción” a nuestras vidas. Tiene prohibido escuchar música en su carro y en su casa. Sin embargo, sigue endeudado, sin responder a sus obligaciones, alejado de la gente que lo ama, entregándole su dinero a una iglesia que no da un peso por él, emocionalmente distante y muchas veces olvidado de cuidar de sí mismo y su familia. Pero es una buena persona, claro, no escucha esa música del demonio. Va al culto todos los domingos. Dejó de fumar hace 10 años.



domingo, abril 17, 2011

Carta abierta a los medios especializados en música de Colombia. El fraude del concierto de Ozzy Osbourne.

Un saludo a todos los que colaboran en la difusión de espectáculos musicales en Colombia. Hace algunos años, los bogotanos no podíamos siquiera imaginar que conciertos de la talla de Aerosmith, Metallica, REM, Ozzy Osbourne, nos visitaran; era un sueño lejano, una ilusión de adolescente. Ahora, que las grandes bandas nos visitan, los espectadores y artistas, por igual, tenemos que soportar toda clase de maltrato e incumplimiento por parte de las empresas de logística, los empresarios y organizadores, y las empresas recaudadoras de dinero por concepto de boletería. Anoche, tuve una experiencia inolvidable; después de toda una vida de ser admiradora de Ozzy Osbourne por fin pude verlo a escasos metros de mí, cantando con la misma energía de hace varias décadas, con la misma entrega al público. Considero que los artistas no se deben al público sino más bien al contrario: le debemos tanto a los cantantes y bandas que nos han acompañado durante la vida que pagar una boleta para verlos siempre será justo, sin importar el precio o los sacrificios que haya que hacer. En esta línea de ideas, decidí, junto a mi esposo y mis amigos, comprar la boleta de Platino, la más costosa, para ver a Ozzy Osbourne. Llegamos temprano para verlo de cerca. La primera sorpresa fue que, la supuesta entrada de Platino no existía. Tuvimos que caminar de la Calle 53 con transversal 48 hasta la calle 63 para poder ingresar: el ingreso inicial era el mismo para la gente de todas las localidades. Una vez adentro, nos dividieron. Ingresamos, luego de las infames e inefectivas requisas típicas de los conciertos en Colombia y nos dedicamos a esperar. Uno de los miembros de "Logística 911" a quien conozco hace muchos años, me había comentado que se rumoraba que el empresario, Grupo Seis S.A.S, empresa del conocido RICARDO LEYVA buscaba juntar localidades ya que las ventas de Platino no habían sido las esperadas; por esa razón, observábamos con sorpresa cómo la localidad se llenaba, mientras que la parte de atrás, donde no se veía división alguna entre VIP y Preferencia, permanecía vacía. Unos amigos de Medellín, que viajaron 17 horas a causa de los derrumbes, entraron y nos encontraron, justo a tiempo para revelarnos que los corredores de entrada de VIP y Platino desembocaban en el mismo sitio y por eso todo estaba tan lleno. El espacio estaba realmente sobreocupado y mucha gente con boleta de VIP nos confesó que habían pagado $100,000 menos y estaban más adelante que muchos compradores de la boletería más cara. Todo entre risas, por supuesto. Finalmente, ellos no tienen la culpa.
Cuando empezó el concierto, los teloneros tuvieron que tocar con el sonido más miserable porsible, donde los bajos parecían tener la intención de aflojar flemas o inducir partos, y las voces se perdieron. Y empezamos a sentir la presión: empujones, pisotones, patadas, codazos... todas esas cosas que se aligeran cunado uno paga una boleta más costosa, se empezaron a sentir como nunca. Ni en Rock al Parque, que es gratuito, había sentido tanta asfixia, tanta falta de espacio y organización en un evento, y esto es importante: he ido a todas las ediciones del festival. Luego salió Ozzy. Espectacular. Pero también, doloroso, por la cantidad de puños, pies, codos y demás partes corporales ajenas que lo empujaban a uno de un lado a otro con toda la fuerza de una turba enardecida. Para eso pagué. Para estar oprimida. Para que un amigo mío tuviera que salirse. Para que mi amiga que llego más tarde quedará casi a la salida, cuando fue una de las primeras cien personas en comprar la boleta en Colombia.
¿Cuántas ganas tengo yo de volver a invertir en un concierto? ¿Cuánta rabia siento al pensar que los mismos empresarios de siempre siguen lucrándose del maltrato a los consumidores? Luego se quejan, de que Bogotá no es una plaza rentable, pero si nos tratan así, si nos atropellan de este modo, si hacen quedar mal a los teloneros con sonido miserable y sin pago a cambio y a nosotros nos ven la cara haciéndonos pagar por un servicio engañoso y que no prestan, ¿cómo quieren que Bogotá sea una buena plaza para conciertos?
Ahora bien, hay acciones legales de las cuales los espectadores nos podemos valer. Éste es el vínculo a la circular de la Superintendencia de Industria y Comercio que sustenta legalmente las reclamaciones por incumplimiento de condiciones en la organización de espectáculos: http://www.sic.gov.co/archivo_descarga.php?idcategoria=10816
A partir de ello, he intentado movilizar en Twitter y en Facebook a la gente para que haga valer sus derechos. http://www.facebook.com/home.php?sk=group_204865912867712&ap=1

Ahora bien, se preguntarán por qué les hago llenar a ustedes esta denuncia. Bueno, no les pido que tomen partido, pero nos perjudica, a ustedes como periodistas especializados en música, ya que supongo que les debe resultar importante cuidar la escena colombiana, el público, la gente que se la juega por la música, que aspira a hacer algún día un concierto masivo o por lo menos ser telonero de una gran banda. La gente que va a conciertos es la que lee publicaciones especializadas como la suyas, escucha sus programas de radio, lee sus blogs, ve sus programas de televisión y creo que debemos colaborarnos, unirnos, entender que en nuestro poder como público reside la oportunidad de que las bandas sigan viniendo.

Gracias por su atención.

martes, marzo 29, 2011

¿Dónde?

En la última edición de la Revista Arcadia se expone, a través de un artículo titulado “¿Dónde están los filósofos?”, el supuesto encierro de los filósofos en la torre de cristal de sus fortines académicos. Quien elabora la nota periodística, se basa en lo consultado a tres filósofos profesionales, Sergio de Zubiría, Rubén Sierra y Lisímaco Parra quienes posan con su muy elegante paraguas chapineruno en la imagen que acompaña al texto. Tres filósofos. Tres. En una ciudad con diecisiete departamentos de Filosofía.

A partir de un colorido y anécdotico recorrido por la experiencia de las tres eminencias consultadas, el articulista saca en claro que los filósofos colombianos tienen miedo a “massmediatizarse” (sic) y que se consideran una suerte de iluminados que temen perder su altura intelectual al divulgar los productos de sus largas y profundas cavilaciones, cosa grave, ya que este miedo va en dirección contraria de las tendencias mundiales actuales. Los filósofos no usan Internet, no se interesan por los nuevos medios, no tienen cuentas de Twitter… ¿Y cómo no considerar esto como una verdad absoluta cuando se consultó a TODA UNA DECENA de estudiantes de filosofía, alumnos del profesor de Zubiría?

Yo no soy filósofa.

Espero que esta declaración sea suficiente para que no se me juzgue precisamente por querer defender a esa “aristocracia del espíritu” que son los filósofos “encerrados en su torre de cristal”. Esos egoístas del pensamiento que sólo develan la verdad, cual Moisés contemporáneos, a los elegidos a través del filtro académico de la admisión a sus facultades universitarias. No, no pertenezco al gremio. Debe ser por eso, precisamente que no puedo entender las conclusiones del artículo de la Revista Arcadia. Algo habrá de malo en mí cuando me encuentro con blogs de filosofía colombianos, con filósofos en Twitter, con seminarios de divulgación, espacios como los Jueves de Filosofía, cursos, conversatorios y seminarios en los que filósofos profesionales comparten, debaten, discuten, con profesionales de otras áreas, como yo. Filósofos profesionales que no por leer a Deleuze o a Sócrates son incapaces de saber quiénes son los Nule, Lady Gaga, el calendario de la Copa Postobón o el precio de una libra de arroz.

Por lo menos yo, les puedo ayudar a encontrar a varios filósofos. Hasta sé dónde viven.

Lo que no sé es dónde están metidos los periodistas culturales, dónde se encontrará el factor “periodismo” en el periodismo cultural colombiano.

El caso de los filósofos es sólo una de las múltiples generalizaciones que presenciamos en las diferentes publicaciones dedicadas al periodismo cultural en Colombia que en su mayoría pecan por acudir a los lugares comunes, a la consulta de las mismas eminencias y luminarias de siempre, a la perpetuación de los estereotipos acerca del “campo intelectual y artístico colombiano”, y a la desinformación en general. Es en ese sentido que el objetivo, que debería ser el principal, de su labor periodística falla. Falla porque al exponer de manera tan abierta sus sesgos, su pertenencia a unas determinadas agrupaciones, su confianza en sólo cierto tipo de espacios, no difunde los hechos importantes de la cultura sino su propia visión de lo que es o debería ser considerado como cultural en el país.

¿Dónde está entonces el periodismo cultural colombiano cuando sólo son visibles los mismos autores que se ganan los mismos premios?, ¿los mismos artistas que exponen en las mismas galerías?, ¿los mismos filósofos con las mismas respuestas a los mismos problemas igual de alejados de la realidad que siempre? ¿Dónde?

Porque al parecer las cuentas de Twitter de las publicaciones culturales del país sólo trabajan en horario de oficina. Y esto puede ser una lástima porque entonces, el pensamiento de fin de semana debe estar eternamente condenado a la invisibilidad.

¿Qué se busca de los filósofos?

(Por Richard Tamayo. -Respuesta al artículo "¿Dónde están los filósofos?" de la Revista Arcadia. Texto tomado de la entrada original en el blog del autor MelisMatik.com )

Qué placer encontrar en la carátula de una de las pocas publicaciones culturales de Colombia una pregunta, al menos sugerente, ¿dónde están los filósofos? Antes de referirme al contenido del artículo, debo felicitar la posibilidad de articular una pregunta como esta en el panorama mediático actual. Sin embargo, antes de siquiera pretender "responder" a tal cuestionamiento, prefiero tomar un poco de distancia del titular. ¿Quién pregunta dónde están?, ¿acaso Arcadia?, ¿quién o qué es Arcadia como para formular tal pregunta? Podríamos decir que es una "revista cultural" y que, como la filosofía es cercana —si no parte— de lo que mediáticamente se denomina "cultura", entonces la revista está en deber de preguntarlo. La filosofía, si ha de tener un lugar, es precisamente en revistas especializadas o secciones "de cultura", al lado de la literatura, el cine, el entretenimiento, etc. Ya esto es lo suficientemente problemático como para merecer una discusión amplia, pero no lo haré aquí. Volvamos al punto, ¿quién pregunta?, ¿acaso el periodista? Pues jovencito, si según dicen en Twitter, tú estudiaste filosofía, esa pregunta es, al menos, sospechosa. O nunca tuviste un encuentro con filósofos en la universidad o ellos fueron incapaces de mostrarte qué es la filosofía. Si, aún así crees que la pregunta tiene un valor crítico, pues no lo estás resolviendoen tanto filósofo, sino como cualquiera de los tantos representantes de las ideológicas y humillantes representaciones que circulan actualmente de la filosofía, lo que habla mal de tu formación o de tu criterio de elección profesional. ¿Quién pregunta dónde están los filósofos? No sé, podríamos hilar fino y pensar que pregunta cierto establishment político e "intelectual", pero no quiero meterme en esa discusión. Por el momento dejemos la pregunta suspendida.¿Quién está interesado en saber dónde están los filósofos?

Ahora bien, ¿para qué los buscan?, ¿con qué fin?, ¿con el ánimo de demandarles qué respuesta? El artículo es claro: los buscan para preguntarle por su lugar en la agenda de la "realidad del país", del “debate público”. Esta demanda es más que legítima. Hay que preguntarles qué lugar ocupan pero, esa fórmula retórica utilizada en el titular, ¿no indica precisamente que no es evidente que hagan parte de la realidad? O peor, ¿no indica esa pregunta que precisamente NO hay filósofos haciendo parte de la realidad? O vamos más despacio, ¿no será que los filósofos hacen parte de Colombia precisamente como "ausencia"? En fin, tras esa pregunta es evidente el supuesto de una "falta de filosofía" y, ante esto, respetado periodista, sí que estás equivocado. Porque filósofos hay muchos en Colombia, incluso hay sobreoferta profesional, aunque, desde luego, no faltará quien diga que una cosa es que haya filósofos profesionales y otra que haya "Filósofos", pero tal discusión no nos importa aquí. La cuestión es, ¿por qué si tu pregunta (o la de Arcadia, o la de Semana, o la de los Andes, no sé.) apunta a que no hay filósofos, la resuelves acudiendo a tres de ellos? Eso es, cuando menos, paradójico, por no decir cómico o, si nos ponemos en una actitud más crítica, cínico. Pero la filosofía opera así, de modo que no insistiré demasiado en porqué le preguntamos a ciertos filósofos por la falta que ellos son en la realidad, aunque si yo fuera cualquiera de los entrevistados me sentiría insultado. "Dónde están los filósofos, señor filósofo, le pregunta un filósofo que, de repente, estuvo en clases de filosofía con alguno de ustedes" ¡Qué vértigo de situación!

Pero bueno, más allá de todos los deliciosos —¿acaso inútiles?ejercicios filosóficos a los que nos podemos dedicar con esta situación, sigamos leyendo el artículo. ¿Por qué le preguntan justo a estos 3 filósofos dónde están los filósofos? Bueno, no sé, tal vez porque el periodista no los reconoce como tales o, mejor, precisamente porque son filósofos pero no hacen parte de la realidad. Es interesante, los entrevistan para justificar la inexistencia de las voces filosóficas. A través de sus voces se busca dar cuenta de porqué no hay voz filosófica en Colombia. Esos 3 respetados filósofos tendrán sus razones para participar de ese juego periodístico que los vela y los suprime, pero me queda una rara sensación de semejante situación tan beckettiana de hablar para suprimirse como existente.

Alguien podría decir que la culpa no es de las 3 vedettes de la filosofía que han sido entrevistadas, sino del periodista, pero no seré yo quién le pida al señor Restrepo pedir disculpas a los profesores. Dicho sea de paso, los maestros Sierra, Parra y De Zubiría dan unos argumentos muy pobres acerca de el porqué ellos son “una falta” en la realidad colombiana, pero tampoco discutiremos esto aquí.

Sigo adelante, ¿de qué realidad es aquella de la que no participan los filósofos? Aquí sí, afortunadamente, el artículo se torna explícito en todas sus referencias: de los medios de comunicación. Porque, cree el señor periodista, que LA REALIDAD ES LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN, cosa que es narcisista, estúpida, falaz y, seamos honestos, un reduccionismo evidente para cualquier persona. Joven, ni siquiera hay que ser un intelectual para saber que los medios no son la realidad. Podrían ser "tu realidad" —y eso obliga a una visita al psiquiatra— pero no son la realidad ni estamos en condiciones de producirlos como tal. Son apenas una parte, valiosa desde luego, de la realidad, pero tendríamos que preguntarnos por qué la insistencia de muchos periodistas en erigirlos como la realidad legítima. Es divertido, ningún zapatero afirmaría que la zapatería es la realidad, pero los profesionales de medios tienden de manera muy sospechosa a equivocar su oficio con la realidad. Podríamos discutir mucho sobre esto, pero sigamos adelante.

El periodista parece añorar una época en la que los filósofos sí eran parte de la realidad del país puesto que tenían más participación en los medios. Y es evidente a qué Edad de Oro se refiere. Pero el contubernio que históricamente ha sostenido cierto grupo de intelectuales con los medios de comunicación hegemónicos dista mucho de ser un orgullo patrio o un fenómeno digno de mantener vivo. Esos intelectuales hacían parte de un vergonzoso modelo social fundado sobre exclusiones políticas, raciales y de género que constituían "lo culto" a costa de la precarización de una población cuya falta de "ilustración" no era más que un estrategia para neutralizar su potencial político y deseante. ¿En referencia a qué o quién existían los intelectuales?, ¿qué efectos medianamente emancipadores se siguieron de su participación en el gobierno o en el debate público?, ¿con miras a qué efecto crítico hicieron filosofía? Antes de preguntarse dónde están los filósofos hoy, bien valdría preguntar dónde estuvieron antes, dentro de qué circuitos, como parte de qué juegos de poder, alrededor de qué problemas se constituía su ejercicio crítico, qué papel jugaron en la construcción de violencia, qué modelos de comportamiento social fueron capaces o no de instituir. ¿Alguna vez hubo filósofos en Colombia? Esta pregunta ha sido elaborada por algunos grupos de investigadores cuyo trabajo, desafortunadamente, no ha tenido ningún efecto mediático potente, lo que se sigue de un conflicto editorial y de administración académica cuya complejidad elide por completo el periodista de Arcadia. ¿Quiénes son esos filósofos que adquieren preponderancia mediática?, ¿a costa de qué tienen lugar en los medios?, ¿es deseable siquiera, para "nosotros los filósofos" ocupar tal lugar?Mientras el periodista se queja de los pecados por "omisión" de los filósofos colombianos, bien valdría recordarle la existencia de el ex-Comisionado de Paz Luis Carlos Restrepo, ese abyecto personaje investigado por mentirle al país con desmovilizaciones falsas y arreglosnonc santos con grupos narcoparamilitares, ¿es él el referente deseable de la participación de la filosofía en la realidad actual? Créame, señor Rodrigo Restrepo, que prefiero seguir en el anonimato antes de gozar de tan despreciable lugar en la historia del país.

En fin, podríamos escribir largo sobre todos los prejuicios que permitieron concebir este artículo, pero tendremos más oportunidades de hacerlo. Solo un último comentario: ¿por qué sólo le preguntamos a los filósofos dónde están?, ¿qué tienen ellos que los haga proclives al debate mientras otras profesiones son “naturalmente no polémicas”?

Un amigo ingeniero decía algo bien interesante en Twitter: "menos mal que Arcadia no pregunta dónde están los ingenieros de sistemas en el debate público...". Claro, porque según cierta tradición ilustrada los ingenieros “no debaten”, sino solo crean algoritmos o "arreglan" computadores. Todo esto indica que la Revista Arcadia solo reproduce los efectos ideológicos de cierta parte de la historia del país que reconoce que sólo algunos "ilustrados profesionales especializados" pueden debatir, es decir, aquellos que entraron en los círculos de la educación superior precisamente para ello: los abogados, los científicos humanos y sociales y... los filósofos. Curiosa situación: profesionalizarse para opinar o mejor, profesionalizarse para hacer parte de la realidad nacional. ¿No son todos sus prejuicios académicos, profesionales y de clase, señor periodista, una excelente oportunidad de obligarnos a hacer filosofía?, ¿qué se busca en los filósofos si no someterlos a una opinión de la que ellos no cesan de sustraerse?

Rápidas (muy rápidas) reflexiones sobre el problema de la “utilidad” de la filosofía

(Por Juan Carlos Arias. Tomado del blog de @juanfermejia como respuesta al artículo "¿Dónde están los filósofos?" de la Revista Arcadia)

Para empezar debo aclarar que hace tiempo que no me identifico con la etiqueta de “filósofo”. Y no por creer que ese nombre se ha desprestigiado y que “los que pensamos de verdad” merecemos otros nombres. Todo lo contrario. He conocido muy pocas personas quienes considere que se dedican seriamente al oficio de la filosofía, y yo no soy uno de ellos. Tampoco quiero repetir el cliché de “la filosofía me ha servido como herramienta para pensar otros problemas” pues no creo que la filosofía se pueda objetualizar como un kit de trabajo para aplicarlo a problemas “realmente relevantes”. Si he tenido algún contacto con la filosofía es comprendiéndola como práctica de pensamiento crítico. Y esa práctica de pensamiento no se realiza solamente de manera escrita ni dentro de las aulas de clase. Siempre me ha interesado pensar las imágenes y pensar a través de las imágenes. Salirme de la filosofía como disciplina e introducirme cada vez más en la filosofía como práctica del pensar dispersa en diferentes “medios”.

¿De qué sirve esa práctica de pensamiento? Muchas veces me formulé la misma pregunta hasta que comprendí que era imposible responderla. No porque me interese defender la inutilidad de la filosofía como muchos lo hacen –“la filosofía no sirve para nada y así debe ser”– sino porque considero un error poner el problema del pensamiento en términos de utilidad. El hecho de preguntarnos por la utilidad de la filosofía revela la industrialización del saber que cubre nuestra época en la que todo conocimiento especializado debe orientarse a un fin productivo. Esto es más grave aún cuando la pregunta por la figura pública del filósofo y su compromiso con la realidad se plantea en términos de utilidad. No me interesa discutir sobre “el filósofo”, sino sobre la práctica que está detrás de esta figura que aún no comprendo.

¿Debe la filosofía dar un debate público sobre los temas que le interesan? Sin lugar a dudas. No concibo a la filosofía sino como un ejercicio de pensamiento público. El problema es cuáles son los espacios que se están percibiendo como legítimos, como “útiles” para ese debate. Al parecer se le pide a la filosofía engendrar grandes personajes mediáticos para demostrar, como si se tratara de un experimento científico, su presencia en “el país” –otra categoría que me cuesta entender– y, por lo tanto, mostrar su “utilidad”. Al parecer se exige que la filosofía se parezca cada vez más a los objetos que siempre ha intentado criticar: al mainstream de los medios masivos, a la industrialización del saber. ¿Cómo popularizar a la filosofía cuando ella parece siempre estar en el borde del lenguaje masivo? ¿Se trata de popularizar entonces los “resultados” del pensamiento? ¿Esos resultados que podrán “aportarle” algo al “país”?

“El filósofo”, ese mismo que se trató de defender desesperadamente de los estereotipos publicados en la Revista Arcadia, podría aprender mucho de “el artista”: crearse a sí mismo como figura irónica de la esfera pública y ser “útil” para la realidad nacional. No hay que confundir la pregunta “¿Dónde están los filósofos?” por ¿Dónde está la filosofía?” Los “filósofos” están ahí, visibles en los medios. La filosofía se diluye como práctica entrelos medios y las “disciplinas”. Si quieren localizarla empiecen buscando en el arte.

Torre de Marfil

(Por Sergio Roncallo. -Respuesta al artículo de la Revista Arcadia "¿Dónde están los filósofos?" )

No puedo menos que sonrojarme al ver la idea de filosofía que comparten dos de mis antiguos profesores de filosofía en la Universidad de Los Andes. Digo sonrojarme porque, por momentos, me parece que la inflexión verbal ‘avergonzarme’ podría resultar un poco fuerte y calar, para mal, en el ya hinchado ego de ciertos profesores de filosofía.

Como ya lo dijo Ángela Perversa, resulta poco menos que peculiar que, bajo el amparo de un elegante paraguas chapineruno, tres profesores de filosofía que llevan un buen tiempo hablando de lo mismo, pongan en tela de juicio el trabajo de una generación de filósofos que ellos mismos se han encargado de desconocer etiquetándolos, usualmente, bajo la paternal etiqueta de ex alumnos. Quizá ese paraguas chapineruno y la mirada hacia el horizonte lejano que tiene el profesor de Zubiría en la foto de la portada de la edición 66 de la Revista Arcadia, sea la mejor manera de dilucidar lo que pasa con el panorama filosófico en nuestro país y entender que la verdadera torre de marfil no es la academia sino la concepción decimonónica que se tiene, entre nosotros, de ejercicio mismo del filosofar. Y digo una torre de marfil porque, en efecto, son los mismos profesores que a mí me dieron clase en los viejos salones de la universidad los que se ufanaron de haber sido alumnos de Heidegger y Gadamer, los que se declararon únicos detentores e intérpretes del pensamiento de ciertos autores y los que nos recordaron una y otra vez que la filosofía no se podía hacer en castellano y que poco podíamos hacer los que tratábamos de entenderla; quizás, nuestro único destino, indigno para muchos de ellos, era ser profesores de colegio porque, sin pasar por Heidelberg o Berlín, era my poco a lo que podíamos esperar. No deja de resultar inquietante que, como alguna vez lo dijo el profesor Jorge Aurelio Díaz -en su texto “Una Crítica "Romántica" al Romanticismo”- la filosofía sólo sea “rentable” para quienes están ubicados en departamento de filosofía que les permita investigar; no deja de ser inquietante que las críticas provengan de allí, no deja de ser inquietante que sean ellos y no otros los que critiquen la ausencia de los filósofos en lo que suele llamarse, vulgarmente, la realidad.

La torre de marfil es, entonces, esa que construyeron los maestros que hoy le piden cuentas a una generación a la que ellos no supieron mostrarle en qué consiste el ejercicio del filosofar y la pertinencia de la filosofía en una sociedad que, hace rato, reclama ser pensada y, en efecto, está siendo pensada. No se trata de indagar acerca de qué diría Kant sobre las Farc, ni mucho menos de tener una presencia mediática continua para que la filosofía produzca realidad; hoy el país se piensa desde un tablero, un café, discusiones grupales y un billón de lugares desparramados por la red: blogs (hay algunos más, no sólo el de Jorge Giraldo), trinos, grupos de discusión. La torre de marfil está en la cabeza de quienes hoy hacen de la filosofía un ejercicio de élite y una actividad excluyente, aquellos que reivindican una y otra vez su carácter disciplinar y que consideran que todo lo demás son saberes menores. Es esa torre de marfil la que ha hecho de la filosofía un saber iniciático, la que ha hecho que aún hoy muchas personas se pregunten con estupor ¿para qué sirve la filosofía? Del mismo modo en el que se preguntan por la utilidad de un software o de un encendedor.

¿Dónde están los filósofos? En 17 departamentos de filosofía, para empezar, no sólo en el de la Universidad Nacional. Sí, pero también en otros lugares: en periódicos, en agencias de publicidad, en ONG, en facultades de Comunicación –como en mi caso-, haciendo arte, pensado el cine, haciendo cine, pensando la anorexia, el punk…... Por supuesto, allí viene la objeción del periodista de Arcadia que, de entrada, traza el límite –moderno, burgués y decimonónico- de lo que es la actividad filosófica, de lo que significa ejercer “como filósofo” y nos dice: “Existe, dicho sea de paso, el fenómeno del filósofo de formación que pertenece a la vida pública, pero que no ejerce verdaderamente como filósofo. Entre otros, se destacan Enrique Santos Calderón, Mauricio Pombo y Mavé —sí, la del tarot de Mavé”. Sin duda el ejemplo es muy cómodo: ningún profesor de filosofía aceptaría que la labor de Mavé pudiera asemejarse a algo parecido a la filosofía. El tono de mofa del periodista es obvio pues, de nuevo, se vuelve a la recurrencia de una labor filosófica encapsulada en la que, verdaderamente, es la torre de marfil.

Aquí estamos los ¿filósofos?, o al menos, los que hemos tratado de jugarnos nuestra vida y nuestro trabajo por un oficio que debe reinventarse cada vez; aquí está una generación que quizás no fue a Heidelberg o Berlín, pero que tuvo y tiene que pensar y vivir un país que a los maestros hace rato dejó de caberles en la cabeza. Esa es la torre de marfil.

Sergio Roncallo Dow

Respuesta de Adriana Roque a la Revista Arcadia

(Tomado del blog de César Gómez @Alacontra )

Respuesta a la Revista Arcadia por su artículo ¿Dónde están los filósofos?

Es difícil decidir por dónde comenzar a responder a este artículo. Digo por dónde, porque un escrito plagado de prejuicios basados en una serie de lugares comunes, de poca investigación y de parcialidad institucional como este, realmente dificultan la tarea. Richard Tamayo preguntó: ¿quién o qué es Arcadia para plantear tal pregunta?, que podemos leer como quién o qué le otorga a Arcadia una investidura portadora de una soberanía tal para violentamente imponer sobre los agentes filosóficos esquemas generalizantes y definitorios de aquello que deben ser.Quién o qué exige qué o cómo; en últimas, también, a quién o a qué responden. Esto también se entiende como:quién o qué pregunta qué y cómo estableciendo cuáles condiciones para determinar qué tipo de respuesta.

Porque hay que aceptar algo: partir del cliché de la torre de marfil para definir el hábitat de quien filosófa es meter al objeto de discusión en un círculo vicioso, es obligarlo a ser el perro que se persigue la cola, es convertirlo en la pelota de tennis en un partido entre Federer y Nadal. Digo esto porque es una pregunta que supone, que pre-determina su respuesta. No preguntan dónde están los filósofos como quien pregunta dónde queda una dirección; es decir, no preguntan para encontrarse con las múltiples caras del hacer filosófico, sino que formulan una pregunta según una respuesta ya articulada.

Asumimos, como punto de partida, que la filosofía -cosa extrañísima que no nos hemos tomado la tarea de acoger porque es algo muy complicado y en un mundo en el que llueve tanto, en realidad, para qué entenderlo, para qué pensar; razón por la cual asumimos que libros como “Cómo cambiar tu vida con Proust” son el ejercicio filosófico consumado por excelencia- [asumimos que la filosofía] no “se muestra” en el “espacio público”, porque no tiene nada que decir, dado que se trata de unos personajes rarísimos que decidieron dedicarse a escribir diatriba tras diatriba, quién sabe por qué razón, y qué mejor lugar para hacer eso que una torre de marfil. Entonces, dado que ya les hemos dicho que, para comenzar, no tienen nada que decir porque lo que tienen que decir en verdad nada dice ni hace -esa es la esencia de sus diatribas-, iremos a tocar en la puerta de las torres de marfil, o quizás mejor cabañas de madera, que les hemos construido a preguntarles por qué diablos es que no dicen nada, por qué es que no salen de su confinamiento. Dado que ya tenemos clarísimo cómo vamos a responder la pregunta, también tenemos clarísimo a quién acudir. Pero olvidan que los han cercado antes de cercar sus propios pre-juicios, su horizonte interpretativo.

Pero disculpen, les voy a aterrizar la metáfora: el problema de la filosofía siempre ha sido el de la visibilidad. De la filosofía en cuanto es algo que se pregunta, de la filosofía en cuanto que se le reclama invisibilidad. Mi uso de la torre de marfil -que prefiero pensar como cabaña de madera para darle más melancolía al lugar común- se refiere a las restricciones de visibilidad que se le imponen a la filosofía: ella y por lo tanto sus agentes están condicionados previamente a no aparecer, dado un pre-establecimiento de 1) aquello que sea filosofar, 2) su representación institucional (esos nombres grandotes, muy bien seleccionados que ponen en la portada), 3) lo que sea el “espacio público” en el cual no se muestran (compartido por igualmente grandes personajes como Enrique Santos Claderón y Mavé), y además 4) lo que sea su espacio propio en el cual, de cualquier manera, también parecen ser incompetentes.

Vamos entonces por puntos:

1) no pretendo definir la filosofía, actividad como muchas inasible, pero sí puedo decir que su ejercicio visible y tangible se muestra como un acercamiento crítico a lo real, sea esto una situación, una persona, un discurso, una idea. Cosas todas muy reales, cosas todas muy performativas. Sócrates nunca deja de preguntar.

2) Los señores de Zubiría, Parra y Sierra merecen mucho respeto como académicos consumados, pero dudo en este momento de si se respetan a sí mismos anulando su propia existencia y demeritando su propio trabajo como docentes. Por otro lado, el artículo denota una falla en la investigación fuerte: ¿dónde está el grupo de investigación de filosofía de la guerra de los Andes, con personas como Maria del Rosario Acosta, Carlos Manrique y Juan Ricardo Aparicio que, créanme, piensan mucho en Colombia? ¿Dónde están los Jueves de la Filosofía de la Biblioteca Nacional, espacio que en vez verse anulado debería poder quejarse por la falta de asistencia de “la gente”? ¿Dónde están las interminables listas de publicaciones de las universidades del país? ¿Dónde está también el nombradísimo filósofo colombiano Guillermo Hoyos quien detenta en su haber el haber sido chuzado por el DAS, certificado en este país incuestionable de participación en la vida política pública? Y esto pensando únicamente en Bogotá. Dónde están en su artículo, señores de Arcadia, preguntamos nosotros. Si, además, quizás el autor se hubiera tomado el tiempo que se tomó revisando los infinitos blogs y CV de personas en otros países, si se lo hubiera tomado buscando blogs de este tipo en Colombia, se los aseguro, hubiera encontrado muchos.

3) a qué espacio específicamente convocan a los agentes del pensamiento crítico, no queda claro. Primero parece ser que se quejan del filósofo al que ni le interesa publicar artículos, lanzarse al ruedo en congresos, alimentar la filosofía en colombia. El último si acaso fue Estanislao Zuleta. Irrespeto, por demás, con el maestro Zuleta. Pero después el punto no es ese; después el punto es que no están discutiendo en los noticieros, que no tienen blogs, que no se autopublican. Las razones para disentir respecto de esto, ya las nombré en el punto anterior. Entonces nos dan ejemplos de filósofos ‘de formación’ que optaron por la vida pública, desdeñando ‘la verdadera actividad filosófica’ (qué sea eso, tampoco lo aclaran): Enrique Santos Calderón, Mavé. Y después ejemplos internacionales de personajes que detentan títulos de libros tales como “Dexter and Philosophy”, “Ipod and Philosophy”, “¿Por qué toman alcohol los jóvenes?”, “Qué es ser buena persona” y “Ganas de vivir”, entre otras. Entre la propaganda pro establishment y el tarot, y la superación personal de medio pelo y la filosofía del caucho para agarrarme el pelo como opciones de espacio público que otorgan visibilidad y voz, creo que se sobreentendería si dijera, parafraseando a Heidegger, que los filósofos han huido del espacio público. Un mínimo esfuerzo de investigación mostraría la importancia de la opinión en sus respectivos países de figuras como Jacques Rancière, Alain Badiou, Rüdiger Safranski, o Peter Sloterdijk. También, ellos están en unos espacios que piden su opinión, porque la respetan y ella ayuda a comprender los sucesos que afectan sus vidas. Que El Tiempo compre artículos de Umberto Eco no es responsabilidad de quienes aquí filosofan; es sólo una muestra de lo que al establishment le interesa que se muestre. Es una muestra de a quién y sobre quépreguntan. Si quisieran, los medios podrían quitarle el ‘mute’ al televisor en el que ven, cual si fuera un circo, a los filósofos gesticulando.

4) Ciertamente intentan preguntar con cierta nostalgia, dónde están cuando tanto los necesitamos. ¿Sí? ¿Por qué los extrañan? Por su capacidad de pensamiento crítico, claro está. Y esto necesita, como todo, un espacio. El espacio de la academia (aunque ciertamente el ejercicio filosófico no se limita a ser académico, cosa que también olvidan distinguir). Pero se quejan de que estén en la academia: en realidad, nos vale madres lo que hagan en la academia, los necesitamos aquí y ahora para que hagan algo que valga la pena, algo con efectos, algo por su patria. La producción es poca y ni la vemos. Pero ya nos habíamos quejado de que se la pasan divagando sin razón; sin embargo también nos quejamos de que no divulgan sus divagaciones (así sea sobre un iPod, pero por Dios santísimo, escriban algo). Nada más entre 2000-2010 hay por lo menos 50 libros publicados a nombre propio (no son compilaciones ni memorias de inútiles congresos sobre Kant) solo en Bogotá. Supongo que ponerse a buscar eso es mucho trabajo.

Nos damos cuenta ahora de que, en realidad, son los argumentos esgrimidos para ponernos en problemas los perros intentando morderse la cola.

Si yo fuera a escribir un artículo preguntando por la filosofía en Colombia, ciertamente no preguntaría “¿Dónde están los filósofos?”, preguntaría: “¿cómo estamos viendo, que no aparecen ante nuestra vista los filósofos?”

No hay filósofos, pues cada uno es ya muchos

Una respuesta a revista Arcadia por César Gómez / @Alacontra.

Le dedico esta entrada a todos aquellos que saben que son aquellos.

Escribir sobre el asunto después de plumas (o dedos sobre el teclado) como las que se han expuesto hoy en este espacio, no deja de ser intimidante. A mí, personalmente, no deja de parecerme melodramática la pregunta por¿Dónde están los filósofos? A mí, la verdad, esa respuesta me tiene sin cuidado. Sobre todo porque el tono a lo largo del artículo se va haciendo más acusativo que inquisitivo, de tal forma que la personificación de tales “filósofos” mal buscados suena a personalización de culpas o parche de cuitas bajo el paraguas de la añoranza de tormentas de mejor talante. En fin, digo que la pregunta por los filósofos me tiene sin cuidado, porque la desplazaría primero a la pregunta por el lugar mismo de la filosofía, que no es más que la sustantivación del verbo “filosofar”. Prefiero llevar la discusión y esta réplica a una inquietud por esa necesidad necia, heredada de una gramática de la estirpe de redactores de constituciones, de buscar sujetos -ya sea tácitos o explícitos- para todo verbo. El dónde debería inquerir por el lugar de la actividad del filosofar. Esto le hubiera permitido al periodista cultural visibilizar que las comunidades que tan mal paradas salen, al considerarlas meras aglomeraciones de individuos que desaparecen tras un colectivo. Porque si hay un lugar para la filosofía, y que además ella reclama una y otra vez, no es el de los manuscritos anhelados, o el de las monografías conducentes a títulos o a cualquier otra modalidad de “acumulación de tarjetas de puntos del supermercado llamado academia”, es el lugar de lo que sucede entre aquellos que no necesariamente se adjudican una acción que por principio demanda su circulación.

Por eso se confunde la ausencia de nombre propios “massmediáticos” (sic) con una ausencia de aquella actividad que ante todo se realiza en nombre de lo común. El carácter público de la filosofía no se reclama en vociferaciones lenguaraces que esperen tomar presencia en los medios. Empecemos por decir que el carácter común de la filosofía consiste en que, tal vez, no existe nimiedad más potente que la de introducir la pregunta allí donde la obviedad cunde como metástasis en un mundo que da por hecho los hechos. Y eso, a pesar del título a manera de interrogante, es lo que menos hace el artículo en cuestión. Si vas a buscar un pisco encerrado, lo encontrarás bajo un paraguas, no propiamente de marfil sino con un pretencioso mango de madera. Si vas a buscar filosofía debes acudir a grandes sombrillas que alberguen a más de uno, o dos o tres. Tendrás que ver más blogs, leer más comentarios que hacen en 140 caracteres lo que no hace más de uno con 100 páginas a su disposición. Y es que la filosofía acontece entre las personas, a pesar del mercantilismo al que Colciencias haya querido someter toda producción. La filosofía nunca ha sido otra cosa que colectiva, pero no por arrume de cerebros, sino por conexiones entre ellos y los mundos que interrogan.

El hecho de que los “massmedia” (sic), por “culturales” o “culturalistas” que se autodenominen, no interroguen sino que vociferen afirmaciones a diestra y siniestra, es evidencia de la ausencia y el retiro de cualquier filosofía en su terreno. Pero confundir los masmelos mediáticos con el registro de lo público, y confundir este con lo común, son dos de los muchos errores y lugares comunes en lo que incurre el periodista cultural autor del artículo. Porque si es cierto, como se rumora, que estudió filosofía, fijo que ahí es el primer lugar donde No encontrará a la filosofía. Por andar buscando filósofos encontró estrellitas del establecimiento que no constituyen una representación de una actividad polifacética y que transcurre en muchos lugares, que precisamente para el autor no son “propiamente filosóficos”. Representan eso sí, como se ha dicho en otros textos de respuesta, su propia ausencia.

Si quieres repuestas, busca que te lean el Tarot. Ni utilidad, ni verdad. La filosofía es una tarea en sí misma. Pero la filosofía transcurre entre manadas nómadas, entre territorios de caza inexplorados. Buscas filósofos y no puedes ver las hordas. Buscas filosofía y no puedes si quiera preguntar, porque claro, las preguntas nunca nos son propias, nos han sido confiadas por la memoria o la curiosidad.

Que ¿quién escribe esto entonces? preguntará usted ¿No responde usted como filósofo? Acaso será su falso cuestionamiento que afirma lo que dice ignorar. A la primera pregunta le responde una multitud de textos. A la segunda le responde alguien que ha trascurrido por un lugar llamado filosofía. He pastado, bebido, orinado y cagado en ese territorio de una manada sin número, de un cardumen que baila al aroma de un tinto. Por eso ni hay filósofos, uno a uno, que no sean ya muchos. Por eso no hay lugar para la filosofía por que ella es lugar, el lugar para filosofar. y ¿quién filosofa entonces? será su última pataleta. ¿Por qué supone que tal acción debe ser de un sujeto? Le respondería ella.