
Nunca me he podido, ni me podré explicar, creo, el conflicto tan impresionante que algunos padres y maestros tienen con la realidad. Yo sé, más que nadie, que el mundo puede ser una grandísima porquería, que cada vez estamos más llenos de peligros -y sobre todo de miedos-
nuevos; que las cosas malas se suelen conocer en la calle y no en la casa, que las ciudades son inseguras, que hay pobreza (¡horror!) y dolor y miseria.
"El mundo fue y será una porquería, ya lo sé" cantó el tanguero, pero no va a dejar de serlo porque dejemos de salir a la calle, porque dejemos a nuestros hijos y alumnos encerrados en una caja de cristal.
Por supuesto, la sobrexposición a películas violentas, escenas con contenido sexual fuerte y lenguaje soez a temprana edad, no me parece una alternativa saludable; sin embargo, la solución no es simplemente prohibir el programa de televisión, botar el libro, prohibir la amistad con el niño que dice groserías.
Para ser sincera, yo nunca escuché una grosería en mi casa: hoy mi boca es una alcantarilla cuando quiero. He visto miles de películas de terror y aún no he salido con una motosierra a acariciar a la gente a la que no le simpatizo. Me encanta ver campeonatos mundiales de baile y soy una pésima bailarina.
Lo que me aterra y me preocupa a la vez es que la propuesta de muchos educadores se centre en el uso de estrategias que permitan convertir a los colegios en ambientes tranquilizadores cada vez más alejados de la realidad ostensiva; lugares cómodos en los que todo este construído con "azúcar, flores y muchos colores". Desde esta perspectiva hay programas de televisión que los niños no pueden ver, palabras que no pueden decir, prendas que no pueden usar -lo que resulta entendible en cierto grado- pero también parece haber obras literarias censurables. Aunque resulte difícil de creer, aún existen libros, obras de teatro, películas, que de manera sutil se prohíben en los colegios.
Entiendo que el Marqués de Sade no es la mejor lectura para un niño de 8 años o que Rambo puede no ser considerada como una obra maestra del cine... pero ¿quién soy yo para decirlo? El punto es que los criterios de "censura" de obras literarias en los colegios son siempre arbitrarios y casi siempre son fijados por personas ajenas al trabajo de un aula de clase en la que se dicte literatura; a veces las personas que censuran no han leído las obras; pasa lo mismo con las obras de teatro y las clases de drama y no faltará el profesor de biología o inglés que también tenga sus conflictos institucionales.
Puede ser también que se censuren cosas que no se conocen.
En este punto, dirá algún lector, la palabra censura resulta fuerte. ¿Censura en los colegios?, ¿en esta época? Bien sea a modo de sutil sugerencia o amable petición existen muchos docentes que no pueden dictar sus clases con las herramientas y libros que quisieran utilizar; algunos no pueden llevar a sus estudiantes a una salida pedagógica: creámoslo o no hay padres temerosos de que sus hijos "se unten de pueblo".
El tipo de padres al que me refiero es el que al sorprender a su hijo viendo una película violenta apaga el televisor, grita, prohíbe y no da explicaciones. O el que bloquea los canales sin avisar. O el que prefiere que su hijo no salga a jugar con los niños del conjunto porque "vaya uno a saber que mañas tienen". O los que creen que todas las adolescentes son unas libertinas pero su hija es una blanca paloma.
No existe un manual para ser buenos padres, ni buenos docentes -así las facultades de educación digan lo contrario- pero yo pensaría que todo tiene que ver con el equilibrio, con la serenidad, con el conocimiento. Hay que informarse, hay que leer, hay que aprender: no puede uno dejar a su hijo en la casa porque estornudó, ahora con esta epidemia de la gripe. No puede uno encerrarse en el clóset a vivir de enlatados y agua que se filtra por una grieta de la pared.
Del mismo modo, no podemos pretender que los niños y los jóvenes no escuchen jamás una mala palabra, no tengan amigos, no salgan. Mostrar, explicar, no es defender. Esa postura retrógrada según la cual las clases de educación sexual promueven la promiscuidad; la declaración de Benedicto XVI en contra del uso del condón; la prohibición de una obra de teatro porque la protagonista es una prostituta y tal vez los estudiantes crean que esa es una opción laboral; sugerir que una película no se vea porque como el actor se suicidó de pronto empieza una epidemia de suicidios.... Esa postura retrógrada no es un intento de proteger, es un perverso modo de insultar la inteligencia de hijos y alumnos.
¿Será que los jóvenes son tan, pero tan, pero tan poco inteligentes?, y de serlo ¿no será que la falta de contacto con la realidad ha influído?
Es triste que haya personas jóvenes con miedo de salir a la calle, o que no saben cómo defenderse y movilizarse en la ciudad... bonitos inútiles cuyos padres se encargaron de encerrar en una burbuja que irremediablemente explotará a la muerte de éstos y que dejará a aquellos de cara frente a un mundo que aunque cruel, es capaz de contener una cierta belleza que les será ajena siempre. En tiempo de la aldea global, para estos niñitos consentidos el mundo vuelve a ser "ancho y ajeno".
Acostumbrados a vivir en una mentira acaramelada, incapaces de enfrentar a la realidad y mucho menos de cambiar el mundo.